Me sitúo en un constante devenir, tal vez molesto para la mayoría. Hoy estoy aquí, pero quizás mañana ya no lo esté. Y es que al fin y al cabo… ¿Qué es la vida sino dinamismo? ¿Qué es la naturaleza sino cambio? ¿Qué es la muerte sino vida?... Con esto tan sólo pretendo no permanecer estático, anclado en el tiempo, como muchos otros han quedado, sin posibilidad de dar un paso hacia adelante, pero tampoco de poder darlo hacia atrás… No saben de dónde vienen, no saben, que no pueden ir más allá…
A modo de breve lección inaugural pasaré de lo meramente teórico a lo estrictamente experiencial. De lo trascendente, a lo mundanal.
Un año más, pocas semanas antes de comenzar la semana fallera, y durante meses posteriores, me dediqué a presentar y trabajar en mi obra artística, la cual repleta de mística trascendental esbozaba un aire de fuerza y renovada vivacidad intentando arraigarse al menos en la más diminuta partícula atómica del cerebro (o sentimiento [al cual denominaremos «X»]), de aquellos en los que predomina lo estático, desdeñosamente hablando. A lo lejos se vislumbraba una diminuta luz, que no podía ser sino mera fantasía.
Mientras allá arriba, se emprendía metafísicamente una gran guerra cósmica, donde no había lugar para lo estático, puesto que no existía el tiempo; y desde la trascendentalidad más infinita se atisbaba el más sutil esplendor de una creación que increpaba desde el angustioso silencio de la verdad. El palpitar de un corazón que permanecía en cósmica suspensión se hacía, si cabe, más prolongado. El indicio de una aparente vida que concluyo en muerte.
- ¡Otra vez! ¡Lo sabía!
De nuevo el engaño, el patetismo, lo estático, la sombra, el silencio (del que amortaja)… El que calla, dicen que otorga. Aquel silencio otorgaba el «no», la indiferencia, el pasotismo, la mala educación, la desfachatez, la imbecilidad, el retraso, el muro… El silencio, mi silencio.
Aquella noche tuve un extraño sueño: «vi un cielo nuevo y una tierra nueva –porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya» (Ap. 21, 1). Entonces comprendí que aquellos preceptos habían sido fundados para siempre…